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“Psicología de una pandemia mal gestionada” por Juande Serrano

“Psicología de una pandemia mal gestionada” por Juande Serrano

Tras casi un año ya de la aparición del COVID-19, cada vez son más las personas desencantadas con todo que caen en la desesperación de la nada. Viviendo desde hace tiempo prácticamente en un aislamiento; y no solamente físico, sino también en una perniciosa alienación respecto a su propia vida, viviendo mentalmente confinadas y por ende con una infección psicológica que altera significativamente su bienestar.

Y aunque hemos pasado por muchos estados emocionales muy intensos durante los últimos meses, no nos hemos preparado, ni nos han preparado, psicológicamente para lo que estamos viviendo y nos queda por vivir.

Como ocurre en los Trastornos de Estrés Postraumático, las disfunciones psicológicas, los síntomas y las secuelas aparecen entre tres y seis meses después del inicio de una pandemia. Las consecuencias inevitables de una situación de estrés sostenida durante el tiempo por el miedo, la incertidumbre y la frustración.

Así nos lo revela ya el informe en octubre de 2020 de un estudio sobre salud mental realizado por el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) en siete países, donde se muestra que un 51% de las personas encuestadas para esta investigación considera que la pandemia de COVID-19 ha incidido de manera negativa en su salud mental. Es decir, afecta a la funcionalidad psíquica en una de cada dos personas.

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Y la verdad es que, con que nos miremos un poco nos daremos cuenta de que ahora estamos más bajos de moral que nunca. Los grandes esfuerzos del confinamiento para contener el coronavirus nos han agotado a todos, sin importar dónde vivimos o qué hacemos, por lo que es fácil y natural sentirse apático y desmotivado. Una mezcla de fatiga, hartazgo, furia y decepción que se traduce, entre otras cosas, en frustración, individualismo, malestar y desesperanza.

Y no se trata únicamente del creciente impacto directo del virus (pérdidas humanas, crisis económica), sino también de una gran decepción por las expectativas, porque aunque racionalmente uno podría pensar que las cosas no se solucionarían pronto, teníamos la esperanza de que volveríamos del verano un poco más aliviados.

Algo parece haberse roto entre el confinamiento, con su espíritu colectivo y solidario, y el cinismo individualista que hoy en día nos secuestra a todos en el “sálvese quién pueda”. Conducta propia del egoísmo cuando se siente herido y/o amenazado por su propia inestabilidad psicológica.

Y eso es consecuencia, entre otras cuestiones, de la omisión de los cuidados psicológicos por parte de las autoridades políticas y sanitarias o en su defecto por su nefasta gestión en las expectativas ignorando lo que las ciencias del comportamiento humano nos recomiendan para preservar la salud psíquica en situaciones difíciles o de crisis.

Por ejemplo, en el tratamiento de la pandemia se ha obviado con mucha torpeza y negligencia la premisa de que nuestra mente es imperfecta, no siempre tomamos las decisiones más convenientes para nosotros mismos ni para la sociedad en general. Todos tenemos una serie de sesgos cognitivos que nos limitan o desvían, en mayor o menor medida, en el momento de procesar información que nos dicen. El mejor ejemplo para ello, es la autopercepción optimista de que a nosotros no nos pasará o el sesgo ideológico que da cumplimiento a aquella sentencia de que “las ideologías nos enfrentan y nos matan” cuando lo que más necesitamos es unión y vida.

En cualquier caso, nada de lo comunicado y realizado durante todo este malogrado año 2020 nos prepara psicológicamente para una pandemia de una duración mínima de más de dos años.

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Nos encierran tres meses en los que todo el mundo toma conciencia de que esto es muy grave, pero no se trabajó la idea de que iba a durar más allá del 2022, sino que se jugaba mucho con que había que hacer un gran esfuerzo colectivo y que todo iba a pasar rápido. Pero, la llegada de la nueva normalidad no fue un alivio, sino un espejismo. Se nos cuenta que hemos vencido al virus, que hagamos vida normal, y en mes y medio se ve que las cosas no funcionan así. El esfuerzo realizado de repente se dilapida en dos meses y la gente empieza a echar de menos no poder hacer una vida medio normal. A lo que se suma que nos damos cuenta de que hay otros modelos que están gestionando mejor que nosotros y de repente llega el confinamiento de nuevo, que es el fracaso del resto de medidas.

 

Cuestiones externas que tienen sus consecuencias en nuestra respuesta de desgaste psicológico de las siguientes maneras:

El sesgo de autopercepción nos hace relajarnos en privado. Se nos inocula la idea de que los desconocidos en lugares públicos son más contagiosos que los familiares en entornos privados. Dos esferas que en muchos casos se reflejan en entornos abiertos (menos peligrosos) y cerrados (más peligrosos) respectivamente. El cierre de los parques y de otros lugares públicos, una de las primeras medidas que se ha tomado para atajar el virus, es junto con la obligatoriedad del uso de la mascarilla en la calle el síntoma de una percepción equivocada de la realidad científica de la transmisión del virus.  Si todos los epidemiólogos están insistiendo en la importancia de la mascarilla en espacios cerrados, ¿por qué el mensaje no es este? El cierre de lugares públicos y el uso de mascarilla en lugares amplios van de un efecto nulo a uno contraproducente, ya que obligan a pasar más tiempo en espacios cerrados, en muchos casos en bares y restaurantes, sin mascarillas. En este sentido, los sesgos de autopercepción optimista acechan: “En mi familia somos muy responsables”, “casi no salimos a lugares públicos”, “ninguno de nosotros tiene síntomas”… Sin embargo, la realidad es que en las reuniones familiares pueden llegar a producirse casi la mitad de los brotes. Es posible que uno de los factores que expliquen el aumento de contagios durante los meses de verano, en el que las familias se han reencontrado tras un confinamiento estricto, sea este. La consecuencia del sesgo cognitivo de apoyar en público el cumplimiento de una norma que no se acata en privado. Es decir, la vigilancia mutua en entornos públicos como las calles ha servido para llevar mascarilla en todo momento y reprender al que no lo hiciese, pero también para que en círculos con cierta confianza esas medidas se relajen.

Incertidumbre sobre el futuro por pérdida del locus de control. Que la mayoría de decisiones busquen un impacto directo y a corto plazo genera una incertidumbre continua en lugar de intentar mantener medidas básicas y que puedan sostenerse durante mucho tiempo. Ya que la pandemia juega en distintos tiempos, desde el corto de la declaración del estado de alarma en marzo hasta el largo de medidas como la higiene de manos, el teletrabajo o el uso de mascarillas, que se prolongarán más allá del final de la pandemia. Y si tan sólo se tiene una actitud cortoplacista y meramente reactiva a los acontecimientos impide la proactiva certidumbre que todos necesitamos para llevar la vida. Todos necesitamos un plan predecible para poder cumplir con las medidas y con la vida. Y la gestión de esta pandemia se caracteriza por esa pérdida de control sobre nuestra vida; haciendo imposible eso de convivir con el virus, como se dice, pues se ha generado una inestabilidad en la que es imposible hacer planes incluso a cortísimo plazo, ni prepararse mentalmente para los cambios. Y ahí interviene directamente el locus de control como una variable psicológica que representa la atribución que una persona lleva a cabo sobre si el esfuerzo que realiza tiene resultados contingentes a su conducta. Sumando a ello que las dos cosas que nos dan apoyo como humanos y sirven de referencia son el tiempo y el espacio. Saber qué ha pasado, qué está pasando y poder realizar algunas previsiones de futuro, tener la ilusión de que controlamos el tiempo, pero ahora ni en trabajo ni en ocio se puede planificar nada de nada. No sabemos qué movilidad tendremos, si podremos ver a seis personas o a diez. La pérdida del denominado locus de control hace que aumente la desazón y la incertidumbre. Por eso la pérdida de control interno por la incertidumbre es lo que más daño nos está haciendo, porque el ser humano necesita sensación de seguridad para vivir, las sociedades se cimientan en la confianza. Si crees que va a ir mejor, inviertes en tu vida personal y profesional, se abren negocios, los bancos dan dinero, etc. Así es imposible tener hijos, pero también apuntarse a un curso para reciclarse ante un panorama desolador a nivel laboral y económico. Precisamente, esas cosas que caracterizan cualquier normalidad, por rutinaria que nos pareciera antaño en la certeza y el control de las cosas que hacíamos cada uno de nosotros con nuestras vidas.

 

Desafección de las medidas por indefensión aprendida. La indefensión aprendida (o bien impotencia aprendida) es un constructo psicológico que se refiere a la condición de un ser humano que ha aprendido a comportarse pasivamente, con la sensación subjetiva de no tener la capacidad de hacer nada y que no responde a pesar de que existen oportunidades reales de cambiar la situación aversiva, evitando las circunstancias desagradables o mediante la obtención de recompensas positivas. Dicha teoría se relaciona directamente con la depresión clínica y otros trastornos mentales resultantes de la percepción de ausencia de control sobre el resultado de una situación. Y es esa pérdida de control la que genera la impotencia y por supuesto una desafección hacia las medidas restrictivas con una indefensión aprendida hacia aquello que no ha tenido ningún sentido de mejora. Algo previsible cuando la narrativa del sacrificio grupal en primavera tenía un epílogo oscuro. Las segundas partes, como señala el dicho, no son buenas, porque ya ese discurso no es convincente. No se nos preparó mentalmente para la pandemia, se nos preparó para el confinamiento. Pasamos de hacer vida normal a estar encerrados y a pedirnos un compromiso absoluto de un día para otro. En abril, ya había información de que esto iba tal vez para dos años, se nos tenía que preparar para un escenario a largo plazo, de compromiso progresivo, y no una respuesta que nos dejara agotados para la siguiente fase. En la que nos encontramos ahora, con el agravante de que mientras en el confinamiento sí se veía claramente el impacto del sacrificio en la curva de contagio, ahora es al revés: los sacrificios aumentan pero la situación empeora. Y la cuestión es sencilla, si vemos que tiene algún efecto, seguiremos haciéndolo, pero si no, pensaremos “hemos cambiado nuestras vidas y no ha servido para nada”. Somos seres racionales que hacemos los sacrificios porque vendrán las recompensas. Lo cual ya es complicado en la situación actual, porque la recompensa está muy lejos y nuestra psicoeducación fue de refuerzos inmediatos. Por eso, es lógico sentir la impotencia o la indefensión, el engaño o la decepción si se percibe que mientras las medidas se cumplen, no hay mejoría esperanzadora y encima las gestiones políticas son ineficaces y se incapacitan cada vez más por el sesgo de sus propias ideologías que ningunean las recomendaciones científicas de los expertos en las materias tanto víricas como humanas.

Culpabilización de la ciudadanía. Paradójicamente a lo expuesto anteriormente, una de las ideas que se ha ido trasladando a la población es que gran parte de la culpa de los rebrotes es del comportamiento de los ciudadanos. Una idea que entra en contradicción con los altos niveles de cumplimiento de las medidas y que señala que en nuestro país el discurso de culpabilización e individualización de los contagios ha contribuido a un desgaste psicológico progresivo de la población. Con el consecuente pensamiento de que el crecimiento de contagios se debe al mal comportamiento de la sociedad y no a una mala gestión de los representantes políticos. Incluso ya pensamos que somos irresponsables, que nos tienen que controlar. Poner el foco en la culpa de los ciudadanos ha provocado que terminemos pidiendo que nos confinen, que esa parece la única solución. Y el discurso ha ido cambiando de víctima según la evolución de la pandemia: de los contagiosos niños a los botellones de los jóvenes pasando por estigmatización de algunas comunidades. Donde se ha elegido restringir activamente en los espacios donde tienen responsabilidad la administración, es decir, en la calle. Así se ha preferido 20 contagios en una fiesta en un piso que un contagio en un lugar público, porque la responsabilidad no se les podía achacar a la gestión política y sí a la responsabilidad individual. Y como siempre que existe la culpa se da la polarización grupal en las posturas a defender y además sobre una sociedad que controla el pensamiento disidente al no permitir discutirse las normas. Por otro lado, está también esa represión psicológica de culpabilizar el disfrute. Es decir, se limitan actividades de esparcimiento que a penas son contagiosas y son muy necesarias para la salud mental, como un buen paseo al aire libre. Con lo cual se va instaurando la creencia de culpabilidad ante cualquier tipo de ocio que pueda ser susceptible de contagio. ¿Aumentan los casos? Se cierran los parques. ¿Aumentan más? Se cierran los bares. ¿Se desbocan? Limitamos las relaciones sociales. ¿Por qué nos preguntamos si puede haber contagios en teatros, conciertos o cines y nadie se plantea si las oficinas deben seguir abiertas? Hay una grave tendencia a culpabilizar el disfrute, y a no tener en cuenta la importancia del mismo en la salud mental. Siempre se enfoca en lo que hay que hacer desde el punto de vista de las restricciones, pero las medidas no debieran ser una línea recta entre hacer más o menos, sino de qué tipo o qué alternativas hay, por ejemplo, de ocio al aire libre. El mensaje se atiene más a la forma que al contenido, quédate en casa sin explicar por qué, cuando por nuestra salud psicológica a estas alturas, se debería adaptar y tener flexibilidad para decir “pasa tiempo fuera en condiciones de seguridad”.

 

Exceso de información alarmista y contradictoria. Tras semanas escuchando a los tertulianos de moda durante el primer trimestre del año rebajando la epidemia y comparándola con la gripe, nuestro mundo se redujo a nuestras habitaciones confinadas donde nuestra principal conexión con el exterior eran los medios de comunicación y las redes sociales cada con más censura. Durante mucho tiempo, los telediarios solo hablaban de un único tema, el virus, con una perspectiva desoladora y alarmantemente apocalíptica. Olvidándose de proyectar el futuro con expectativas reales y alternativas posibles ante una pandemia que es mundial y que vino para quedarse con nosotros durante bastante tiempo. Además de que el confinamiento reduce todas las actividades de la humanidad a la lucha contra la pandemia, y los medios de comunicación deberían tener la responsabilidad no solo de tratar adecuadamente la información, sino de proyectar el futuro en cosas que no estén hipotecadas por la resignación. Pero lo que hacen es un acortamiento del horizonte a un presente continuo sin perspectivas que nos agota en una visión sesgada y desesperanzadora que tiende a hacer pensar que todo va mal en todas partes, que proporciona una visión distorsionada de la realidad y terminamos pensando que cualquier esfuerzo no sirve para nada. Que por todas partes nos inunden noticias negativas y casi ninguna positiva hace que carezcamos de modelos que nos hagan pensar que pueda ocurrir algo bueno; con una búsqueda morbosa del apocalipsis, aunque este sea nimio, al mismo tiempo que se elude la puesta en perspectiva de los datos reales sobre la incidencia vírica en la población.

Todo esto puede resumirse, tal vez, en la idea de que si nos cuesta generar recursos psicológicos resilientes y saber convivir con el virus es porque se nos empuja a vivir en un estado de excepción continuo en el que todo ha de postergarse. Si no hay final a la vista, puede parecer absurdo hacer planes, pero aún más dañino es hipotecar por completo años de nuestra vida sin saber cuándo va a terminar todo (si es que lo hace). Con resultado nefasto para nuestra salud mental si alargamos la incertidumbre o pensamos nostálgicamente que podemos volver justo al momento anterior de la pandemia.

Además, no podemos caer en la falacia de la vacuna que tanto se fomenta, porque puede terminar siendo una tragedia psicológica al ofrecer falsas esperanzas a medio plazo que casi con total seguridad se van a ver traicionadas. La estrategia sigue siendo la de decir “esto se va a acabar”, no la de “cuidado, que queda mucho”. Se combinan dos cosas: los gobiernos intentando manejar expectativas y dar la información poco a poco para que la gente no se venga abajo y el autoengaño de nuestro día a día. Una estrategia que a largo plazo puede ser mucho peor para la necesaria aceptación que precisa un buen funcionamiento de la psicología humana.

 

Cuando la realidad es que ya nada volverá a ser como era, después de una crisis como ésta no podremos ser los mismos. Quizás esta pandemia nos ha recordado que nuestras vidas eran maravillosas, y si no lo teníamos claro, muchos lo hemos descubierto. Quizás esta pandemia nos revela el mal camino que llevamos como sociedad. En cualquiera de los casos, nuestra obligación moral será adaptarnos y reinventarnos.

Para empezar, hay que realizar un autocuidado explícito, hay que darse espacio, aprovechar la vida. Seguir viviendo, cuidándonos de las nuevas amenazas, pero sin postergar nada que queramos hacer, porque siempre habrá alternativas si movilizamos nuestros recursos psicológicos adaptativos.

De ahí esa urgencia de deshacernos de la inhibición, de estar en modo de espera. No podemos pensar eso de “ya lo haré cuando esto acabe” que entonces pondremos en marcha nuestros proyectos, porque eso tan sólo nos deja más desamparados.

No podemos estar pensando en confinamientos de quince días continuos que están abocados al fracaso, sino pensar que este virus nos cambió la vida y que nuestra capacidad psicológica de adaptación nos tiene que llevar a formas de habitar este mundo alternativas, como por ejemplo el teletrabajo, la seguridad del aire que respiramos o el aumento de la higiene en las manos y en lo que tocamos.

Hay que seguir adelante, hay que hacerlo junto a los demás, porque este asunto nos toca a todos, y esa es la única salida que nos queda. Tenemos que seguir adelante con nuestros proyectos, encontrándonos con los demás, disfrutando de todo lo que podamos disfrutar con las precauciones y adaptaciones necesarias.

img_4144 Juande Serrano

Psicoterapeuta Transpersonal experto en Parejas y duelo

Terapia online

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